jueves, 28 de febrero de 2013

Miedo

Perlas de sudor le recorrían la sien y la garganta la notaba seca, clamando agua; sabía con certeza que el peligro acechaba y que poco podría hacer para evitarlo. La luz blanquecina de la luna, que parecía una raja de melón, iluminaba el paraje en el que se hallaba. Árboles de ramas grotescas que podrían haber salido de alguna película de Tim Burton; la tierra, húmeda y con insectos merodeando como si nada les aconteciera; un riachuelo lleno de cantos erosionados por el transcurro de sus aguas. Ni un solo rastro de nubes.

Un ambiente de lo más inquietante.

Tragó saliva, se secó el sudor y se humedeció los labios. El ritmo respiratorio iba cada vez a más; su mente era un caos en aquel momento y la adrenalina que le recorría el cuerpo la mantenía en constante alerta, impidiendo que respirara con normalidad. El bosque le servía de protección ante su misterioso persecutor, pero no podía asegurarse al cien por cien de que aquél hubiese podido llegar hasta su paradero. Confiaba en que el rastro de sus huellas se hubiese borrado por la lluvia que había acaecido hacía unos minutos y también en que ella hubiera sido más veloz.

Rebajó el ritmo respiratorio para evitar marearse, y apagó su linterna temiendo que en el peor momento ésta decidiera traicionarla. “¿Qué diablos querrá de mí?”, fue la primera frase que pudo ordenar en su cabeza.




No entendía cómo de repente podía encontrarse en esa situación. Intentaba recopilar toda la información almacenada en su mente para intentar comprender, salvar su vida, pero su cerebro parecía estar embrujado por una extraña fuerza que le impedía recordar nada que no fuera el instante en el que aquella criatura etérea y grotesca empezó a perseguirla sin motivo alguno.

El movimiento de una rama moviéndose interrumpió sus pensamientos.

Su cuerpo se tensó. No hacía viento y ese bosque parecía muerto; su instinto le decía que el juego del escondite se había acabado y que ella iba a perder algo más que la partida.
El miedo le pudo y no hizo más que chillar, aterrorizada. Se levantó de un salto y corrió, corrió lo más que sus piernas podían, pero el bosque era interminable y los árboles cenizos parecían cobrar vida y arañarle el rostro, que estaba bañado en lágrimas. La visión se le cegaba por el llanto, el bosque se hacía cada vez más estrecho y ella se sentía desfallecer, hasta tal punto que dejó caer la linterna, que se quedó iluminando la madriguera de un animal. Su monstruo avanzaba sin compasión y parecía relamerse del gusto al ver que su víctima perdía fuerzas y se dejaba vencer. Al contrario que ella, se desplazaba hábilmente por entre los espacios angostos del lugar y eso la desesperaba aún más.



Finalmente cayó de bruces al suelo, llenándose el cabello y el rostro de hojas secas y de tierra humedecida por las lágrimas. Notó una punzada de dolor proveniente de su muñeca izquierda, probablemente fuera un esguince pero poco le importaba… Apenas se podía mover y sólo conseguía arrastrarse, llevada por el pánico.

Momentos después, llegó el frío.
Un frío intenso, que congelaba el alma e inmovilizaba hasta al ser más aguerrido.

La chica empezó a tiritar, pero ya no sabía si era de frío o de puro terror. El aspecto de ese ente era indescriptible, como poco. El monstruo alargó una extremidad (si podía denominarse así) que olía a putrefacción, y más lágrimas brotaron. Por si no fuera poco desolador, una espesa neblina hizo acto de presencia, prácticamente en consonancia con el movimiento de dicha criatura. El corazón palpitaba con fuerza los que podrían ser sus últimos latidos.

Ella, y solamente ella, había creado a ese monstruo. Ese monstruo eran sus miedos. Desde el más banal, hasta el temor más desesperanzador, íntimo y arraigado que cualquiera pudiera imaginar. Ojalá fuese sencillo decir que podría destruirlo pero, por desgracia, las personas están condenadas a convivir con sus miedos. Hay gente que no es capaz de controlarlos o de someterlos, y son finalmente ellos los que dirigen sus actos. Esas personas se convierten en sus marionetas, sin voz ni voto. En esa situación es difícil volver atrás.

Lo único que pedía era salir de esa horrible pesadilla.

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